Campanas de Navidad

Escuché las campanas, vieja… y ya era hora de volver. Porque la Navidad no es un día. Es un llamado. Y solo lo escucha quien todavía cree.

REFLEXIONES DE VIDA

Eduardo Nuñez

12/9/20252 min read

Campanas de navidad Reflexiones Eduardo Contigo
Campanas de navidad Reflexiones Eduardo Contigo

“Dicen que a mitad de la noche suenan las campanas de la Navidad”**

Dicen que a mitad de la noche suenan las campanas de la Navidad…
Y aunque a muchos les parezca un mito, en los pueblos pequeños aseguran que, si prestas oído con calma, puedes escuchar un sonido que no viene de ningún campanario… sino del corazón.

Esa noche, don Rosalío —el vigilante del barrio desde hace más de treinta inviernos— caminaba por las calles silenciosas de su comunidad. El frío picaba la piel y el viento parecía arrastrar secretos antiguos. Llevaba una lámpara vieja, esas que él dice que alumbran mejor que cualquier LED moderno porque “tienen luz de alma”.

Justo cuando el reloj marcó la medianoche, algo lo detuvo.
Un sonido leve, profundo… una campana.
Pero todas las iglesias estaban cerradas. No había ninguna misa.
Y sin embargo, ahí estaba: un dong suave, como si alguien llamara desde el pasado.

Rosalío quedó inmóvil. Y en ese instante, recordó a su abuela, una mujer pequeña, trenzas canosas y ojos de sabiduría, que siempre decía:

“Mijito, las campanas de la Navidad no suenan afuera… suenan cuando uno está dispuesto a escuchar.”

La segunda campanada llegó como un abrazo. Y la tercera le hizo entender algo que llevaba años olvidando: que había vivido demasiado rápido, que había dejado de mirar a los suyos, que se le habían escapado navidades enteras creyendo que la vida era trabajar, pagar y dormir.

Entonces, como si esas campanas fueran un mensaje directo para él, recordó a su hija que vive lejos, a su esposa que siempre lo espera despierta, a los amigos con quienes ya no comparte un café, a los sueños que había ido guardando “para cuando hubiera tiempo”.

Rosalío respiró hondo…
Y sonrió.

Las campanas no venían de ningún templo. Venían de dentro.
Eran el llamado a despertar, a detenerse un momento y recordar que la Navidad no comienza cuando alguien la anuncia… comienza cuando uno decide abrir el corazón.

Esa noche, por primera vez en años, Rosalío regresó a casa y abrazó a su esposa con fuerza.
Ella, sorprendida, le preguntó:

—¿Qué te pasó?

Él solo respondió:

Escuché las campanas, vieja… y ya era hora de volver.

Porque la Navidad no es un día.
Es un llamado.
Y solo lo escucha quien todavía cree.

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