El abrazo que nunca llegó

“No esperes demasiado. El amor no se guarda para después.” Porque la vida no avisa cuándo será el último abrazo.

REFLEXIONES DE VIDA

Eduardo Núñez

2/12/20262 min read

El abrazo que nunca llegó
El abrazo que nunca llegó

Esta es la historia de Julián.
Un muchacho humilde, de manos callosas y mirada limpia, que un día tuvo que elegir entre el amor de su madre… y el hambre de su casa.

Creció en un pueblo pequeño donde el sol caía fuerte sobre los techos de lámina y donde los sueños parecían más grandes que las oportunidades. Su madre, Doña Carmen, lo había criado sola. Lavando ajeno. Cocinando para otros. Remendando uniformes escolares mientras su hijo dormía.

Julián siempre decía:

—Madre, un día la voy a sacar de trabajar.

Y ella sonreía.
Porque las madres saben que los hijos prometen desde el amor… aunque el destino escriba distinto.

Un día llegó la noticia:
en el norte necesitaban hombres para trabajar en la construcción.
Pagaban en dólares.
Era lejos.
Muy lejos.

Esa noche no durmieron.
La mesa estaba servida, pero nadie comía.
El silencio gritaba.

—Vete, hijo —le dijo Doña Carmen con la voz firme, aunque el corazón se le rompía en pedazos—. Yo estoy fuerte.

Pero no estaba fuerte.
Estaba sola.

Julián se fue con una mochila vieja, una foto de su madre y un nudo en la garganta. En la central de autobuses no hubo lágrimas. Solo una promesa:

—Regreso pronto, madre. Y cuando vuelva… la voy a abrazar fuerte.

Los primeros meses fueron duros. Jornadas interminables. Frío. Discriminación. Soledad. Pero cada dólar que ganaba lo enviaba a casa. No se compró ropa nueva. No salía. No gastaba. Vivía pensando en el día del regreso.

Cada llamada era un bálsamo.

—¿Ya comes bien, madre?
—Sí, hijo. No te preocupes por mí.

Pero el tiempo…
ese enemigo silencioso…
no perdona.

Un invierno, la llamada no la contestó ella.

Fue la vecina.

—Julián… tu mamá se puso mal… fue muy rápido…

El teléfono se le resbaló de las manos.

No alcanzó el vuelo.
No alcanzó la despedida.
No alcanzó el abrazo.

Regresó al pueblo con una maleta más pesada que cuando se fue. Caminó por la casa vacía. Tocó la mesa donde ella cosía. Se sentó en la cama donde ella descansaba. Y por primera vez entendió algo que nadie le enseñó:

Hay ausencias que el dinero no puede pagar.

Julián cumplió su promesa… pero tarde. La casa ya estaba arreglada. Las deudas pagadas. El techo nuevo. Pero la silla de su madre estaba vacía.

Y desde entonces vive con esa pregunta que le quema el pecho:

¿Valió la pena ganar el mundo… si perdí el último abrazo?

Hoy trabaja aún en tierras lejanas, pero cada vez que ve a un hijo despedirse de su madre, baja la mirada y piensa:

“No esperes demasiado. El amor no se guarda para después.”

Porque la vida no avisa cuándo será el último abrazo.

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