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El derecho de nacer
Un espacio para detenerse, sentir y recordar que detrás de cada vida hay una historia
REFLEXIONES DE VIDA
Eduardo Núñez
2/11/20261 min read
Nadie recuerda el primer latido,
pero él lo sentía cada vez que cerraba los ojos.
Creció sin saberlo, protegido por un amor silencioso, uno de esos que no se anuncian, que no piden aplausos, que simplemente sostienen la vida cuando todavía no sabe caminar. Su madre lo miraba dormir y en ese gesto cabía todo: el miedo, la esperanza, el cansancio… y la decisión.
Porque no fue fácil.
Hubo noches largas, dudas que pesaban más que el cuerpo, voces externas que sugerían rendirse. Hubo momentos en los que el mundo parecía decirle que no era el tiempo, que no era el lugar, que no era posible. Pero ella, con el corazón temblando, eligió amar antes que huir. Eligió dar vida aun cuando la suya parecía desbordarse.
Los años pasaron.
El niño creció sin conocer esa batalla. Para él, el mundo simplemente estaba ahí: los brazos que lo levantaban, la voz que lo calmaba, el plato caliente, la caricia antes de dormir. No sabía que su existencia fue una decisión valiente, casi heroica, tomada en silencio.
Hasta que un día entendió.
Entendió que su vida no fue casualidad.
Que alguien, antes que él pudiera hablar, eligió creer.
Que su primer derecho no fue caminar ni soñar… fue nacer.
Entonces, ya hombre, se acercó a su madre. No llevaba flores ni discursos largos. Llevaba algo más honesto: el corazón en la mano. Y con la voz quebrada, le dijo gracias. Gracias por no soltar. Gracias por resistir. Gracias por darle la oportunidad de equivocarse, de amar, de caer y levantarse.
Gracias por el derecho de nacer.
Ella no respondió con palabras.
Solo lo abrazó.
Porque las madres no necesitan reconocimiento para saber que valió la pena…
pero cuando llega, sana generaciones.
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