El último Reno

Todos hemos sido ese reno alguna vez. El que nadie elige. El que camina detrás. El que tropieza. El que duda. Pero recuerda esto: Tu brillo no se mide por la velocidad con la que avanzas, sino por la constancia con la que sigues intentando. Aunque el mundo no te vea… Dios sí. Y la vida también. Siempre llega el momento en que tu luz —esa que parecía pequeña— se vuelve necesaria para iluminar a otros. No te rindas. Tu Navidad… llegará.

REFLEXIONES DE VIDA

Eduardo Núñez

12/12/20252 min read

El último reno Reflexiones Eduardo Contigo
El último reno Reflexiones Eduardo Contigo

Dicen que, en lo más profundo del norte, donde la nieve canta cuando cae, vivía un reno muy distinto a los demás. No era el más fuerte, ni el más rápido, ni el que mejor iluminaba el cielo con su trote.
Era… el último en la fila.
El reno que siempre llegaba tarde al entrenamiento, el que tropezaba con las huellas de los otros, el que nunca lograba despegar a la primera.

Todos lo llamaban Lumen, porque aunque por fuera parecía tímido y torpe, tenía una extraña luz en los ojos… esa que solo tiene la gente —y los renos— que aún creen que pueden dar más, aunque el mundo les diga lo contrario.

Cada Navidad, mientras los otros renos se preparaban para tirar del trineo de Santa, él escuchaba desde lejos los cascos golpear el hielo… soñando que, algún día, su nombre sería llamado.
Pero los años pasaban, y nada cambiaba.

Una noche, cansado de sentirse invisible, Lumen caminó hasta la cima de una montaña.
Y ahí, mirando el cielo, preguntó con un suspiro que heló el aire:

—¿Por qué sigo intentando si siempre llego al final?

El viento no respondió.
Pero la vida sí.

Esa misma noche, una tormenta inesperada cubrió el cielo del mundo. Las estrellas desaparecieron, la brújula se volvió inútil, y Santa no encontraba el camino para repartir los regalos.
Los renos más fuertes tiraban del trineo, pero sin guía… era imposible avanzar.

Fue entonces cuando un pequeño destello apareció entre la nieve…
Una luz humilde.
Un brillo sencillo.
Pero constante.

Lumen.

Su luz —esa que siempre había parecido débil— era la única que podía verse entre la tormenta.
Y Santa lo entendió al instante.
No necesitaba al más fuerte, ni al más rápido.
Necesitaba al que había aprendido a brillar en silencio.
Al que había sobrevivido a la sombra.
Al que sabía lo que es avanzar cuando nadie cree en ti.

—Lumen —dijo Santa con suavidad—, esta Navidad… tú vas al frente.

Y el reno tembló. No por frío… sino por la emoción de todas las Navidades que había esperado.

Esa noche, Lumen iluminó el mundo entero.
Y los niños recibieron sus regalos guiados por el brillo del único reno que jamás se rindió.

Al amanecer, cuando la tormenta terminó, Santa lo miró con orgullo y le dijo una frase que cambió su vida para siempre:

—A veces, el último de la fila… es el primero destinado a brillar.

Todos hemos sido Lumen alguna vez.
El que nadie elige.
El que camina detrás.
El que tropieza.
El que duda.
Pero recuerda esto:
Tu brillo no se mide por la velocidad con la que avanzas, sino por la constancia con la que sigues intentando.

Aunque el mundo no te vea… Dios sí.
Y la vida también.
Siempre llega el momento en que tu luz —esa que parecía pequeña— se vuelve necesaria para iluminar a otros.

No te rindas.
Tu Navidad… llegará.

Esta y más reflexiones las encuentras en www.eduardocontigo.net

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