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El último villancico
Porque a veces, el último villancico no es un final… es una manera hermosa de decir: gracias por haber estado aquí. Y tú que me escuchas… no esperes a que sea el último para cantar, para decir “te quiero”, para abrazar, para perdonar. La Navidad no está en el calendario, está en lo que hacemos hoy.
REFLEXIONES DE VIDA
Eduardo Núñez
12/15/20252 min read
El último villancico
La noche estaba fría, de esas que crujen en los huesos y hacen que el silencio pese más.
En la pequeña sala del asilo, las luces navideñas parpadeaban cansadas, como si también ellas supieran que el año estaba por despedirse. Afuera, la ciudad cantaba villancicos modernos, rápidos, alegres… adentro, solo se escuchaba el tic-tac de un reloj antiguo.
Don Manuel estaba sentado junto a la ventana. Tenía las manos temblorosas y la mirada fija en el cielo oscuro. Cada diciembre había sido músico en la iglesia del barrio, el encargado de iniciar los villancicos con su guitarra. Su voz era firme, cálida, capaz de hacer llorar a los más duros.
Pero este año… este año nadie le había pedido que cantara.
Una enfermera joven se acercó con una sonrisa apurada.
—¿Todo bien, don Manuel?
—Todo bien, hija… solo estoy esperando —respondió él.
—¿Esperando qué?
—El último villancico.
Ella no entendió. Nadie lo entendió.
A las once con cincuenta y cinco, cuando muchos brindaban y otros corrían a abrazarse, don Manuel cerró los ojos. Recordó a su esposa sentada en la primera banca, a sus hijos pequeños desafinando con alegría, al olor a café y pan dulce después de la misa de gallo.
Entonces, sin guitarra, sin coro, sin aplausos… empezó a cantar bajito.
Noche de paz… noche de amor…
Su voz ya no era fuerte, pero estaba llena de verdad. No cantaba para que lo escucharan, cantaba para despedirse. Porque hay canciones que no necesitan público, solo alma.
La enfermera, desde la puerta, se quedó inmóvil. Algo en esa voz la detuvo. Otros ancianos se acercaron despacio. Nadie habló. Nadie interrumpió.
Cuando el reloj marcó la medianoche, don Manuel terminó el villancico… y sonrió.
Fue una sonrisa serena, de esas que solo tienen quienes ya lo dijeron todo.
Esa noche, mientras afuera tronaban cohetes, en ese asilo nació una Navidad distinta. No de regalos, no de ruido, sino de presencia.
Porque a veces, el último villancico no es un final…
es una manera hermosa de decir: gracias por haber estado aquí.
Y tú que me escuchas… no esperes a que sea el último para cantar, para decir “te quiero”, para abrazar, para perdonar.
La Navidad no está en el calendario, está en lo que hacemos hoy.
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