La viejita de la Navidad

A veces buscamos milagros grandes, luces enormes, árboles gigantes… y olvidamos que la Navidad empieza con un gesto pequeño. Con mirar a alguien a los ojos. Con ayudar sin esperar nada. Con dar… para multiplicar la esperanza.

REFLEXIONES DE VIDA

Eduardo Núñez

12/11/20252 min read

La viejita de la navidad reflexiones Eduardo Contigo
La viejita de la navidad reflexiones Eduardo Contigo

Dicen que cada diciembre, cuando el frío empieza a colarse por las rendijas de las ventanas y la gente corre distraída por las calles buscando regalos, ella aparece…
Una viejita pequeñita, encorvada, envuelta en un chal rojo que parece tejido con hilos de mil inviernos.

Caminaba despacio por el mercado del pueblo, arrastrando un carrito viejo donde llevaba apenas unas manzanas y dos velas. Nadie sabía de dónde venía. Nadie sabía adónde iba. Pero todos —absolutamente todos— la habían visto alguna vez.

Una noche, un niño llamado Emiliano la observó mientras intentaba alcanzar una esfera para el árbol que se exhibía en un puesto. La viejita estiraba la mano, pero la altura le ganaba. Y el vendedor, ocupado contando billetes, ni se inmutaba.

El niño se acercó, tomó la esfera y se la entregó.
—Aquí tiene, abuelita.

Ella sonrió… una sonrisa tan luminosa que parecía derretir el invierno.
—Gracias, hijo —dijo con una voz suave—. ¿Sabes por qué me gustan estas esferas?
Emiliano negó con la cabeza.
—Porque guardan recuerdos. Cada luz, cada destello, es un momento bonito que uno no debe olvidar.

El niño la acompañó hasta una banca. Y entonces comenzó la magia.

La viejita abrió su carrito: no había manzanas… no había velas… Solo había un montón de pequeñas fotografías antiguas: navidades pasadas, familias abrazadas, niños emocionados con juguetes sencillos, mesas humildes llenas de amor.
—Yo no vendo cosas —dijo—. Yo colecciono recuerdos. Cuando alguien me regala un gesto bueno… lo guardo aquí.

Emiliano se quedó mirándola, confundido y maravillado.
—¿Pero para qué los guarda?
Ella lo miró con ternura.
—Para recordarle al mundo que todavía existe gente buena… aunque a veces se nos olvide.

En ese momento el vendedor del puesto se acercó apenado. Había visto el gesto del niño y la necesidad de la viejita.
—Señora… tome, llévese la esfera. Es un regalo.
Ella tomó su mano, y sin decir más, guardó una nueva fotografía en su carrito. Nadie supo cómo la imprimió, pero ahí estaba: el niño ayudándola, y el vendedor ofreciéndole el regalo.

La viejita se levantó, caminó unos pasos, y antes de perderse entre las luces del mercado, volvió a mirar al niño:
—En Navidad… recuerda esto, hijo: lo que regalas con el corazón siempre regresa multiplicado.

Dicen que al día siguiente, cuando todos regresaron al mercado, la viejita ya no estaba.
Dicen que nadie volvió a verla.
Pero también dicen… que desde esa noche, cada familia del pueblo decidió guardar un pequeño “recuerdo bueno” en un frasquito de cristal, y abrirlo cada 24 de diciembre para recordar que la Navidad no está en los regalos caros… sino en los gestos que iluminan la vida de otro.

Y desde entonces, algunos creen que la viejita… era simplemente el espíritu de la Navidad paseándose entre nosotros.

A veces buscamos milagros grandes, luces enormes, árboles gigantes… y olvidamos que la Navidad empieza con un gesto pequeño.
Con mirar a alguien a los ojos.
Con ayudar sin esperar nada.
Con dar… para multiplicar la esperanza.

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