Los hijos crecen y quieren volar
Y aunque el corazón de padre o madre se quede un poco vacío, también puede quedarse en paz, porque no hay mayor prueba de amor que abrir las manos… y aun con lágrimas en los ojos… bendecir su vuelo.
REFLEXIONES DE VIDA
Eduardo Núñez
5/14/20262 min read
Hubo un tiempo en que sus pasos pequeños llenaban la casa.
Sus juguetes aparecían en cada rincón…
sus risas se metían hasta la cocina…
y sus preguntas parecían no terminar nunca.
Uno como padre a veces no se da cuenta,
pero mientras les enseña a dar sus primeros pasos…
la vida, en silencio, ya los va preparando para partir.
Primero fue la mano que buscaba la tuya para todo.
Después, sus propios gustos.
Sus amigos.
Sus ideas.
Sus sueños.
Y un día… casi sin avisar… llega ese momento.
El día en que los hijos ya no caben en el nido,
porque por dentro ya les crecieron alas.
Y duele.
Claro que duele.
Duele ver la habitación más callada.
Duele no escucharlos llegar igual que antes.
Duele entender que ya no te necesitan de la misma manera.
Pero también hay algo hermoso en ese dolor.
Porque cuando un hijo quiere volar,
no significa que deje de amar su hogar…
significa que el amor que recibió le dio valor para salir al mundo.
No se van porque uno haya dejado de ser importante.
Se van porque hicimos bien la tarea.
Porque les dimos raíces…
y también, sin quererlo a veces, les dimos cielo.
Aceptar que los hijos crecen no es rendirse a la tristeza.
Es aprender a amar de otra manera.
Más en silencio…
más a la distancia…
pero con la misma fuerza de siempre.
Ellos seguirán su camino.
Tropezarán a veces.
Se equivocarán.
Aprenderán.
Y aunque ya no duerman bajo nuestro techo,
siempre llevarán dentro algo de lo que sembramos en su infancia.
Por eso, cuando llegue ese día…
en lugar de detenerlos con el miedo,
hay que abrazarlos con el alma.
Y decirles, aunque la voz se quiebre:
“Ve…
vive…
descubre…
equivócate…
aprende…
y nunca olvides que aquí siempre habrá un lugar para ti.”
Porque los hijos no son para retenerlos.
Son para amarlos, guiarlos…
y después, tener la valentía de verlos partir.
Sí… los hijos crecen y quieren volar.
Y aunque el corazón de padre o madre se quede un poco vacío,
también puede quedarse en paz,
porque no hay mayor prueba de amor
que abrir las manos…
y aun con lágrimas en los ojos…
bendecir su vuelo.