Una casa olvidada

Nunca es tarde para volver. Nunca es tarde para limpiar, abrir, reconstruir. Las casas olvidadas pueden volver a ser hogar… Y los corazones también.

REFLEXIONES DE VIDA

Eduardo Núñez

1/2/20262 min read

Una casa olvidada Reflexiones Eduardo Contigo
Una casa olvidada Reflexiones Eduardo Contigo

La casa estaba ahí desde siempre… o al menos así parecía.
Al final de la calle, donde el pavimento se resquebraja y el silencio pesa más que el ruido, se levantaba con las ventanas cerradas, la pintura cayéndose a pedazos y una puerta que ya no recordaba el sonido de una llave. Nadie entraba. Nadie salía. Y, sin embargo, la casa seguía esperando.

Los vecinos pasaban rápido. Algunos decían que estaba embrujada, otros que simplemente era vieja. Pero la verdad es que las casas no se abandonan solas… son las personas las que se van primero.

Dentro, el polvo cubría los muebles como una manta de olvido. Un reloj detenido marcaba las tres con veinte, la hora exacta en que alguien dejó de volver. En la pared, una fotografía en blanco y negro mostraba sonrisas que un día fueron reales: una familia reunida, un abrazo sincero, una promesa de “para siempre”.

La casa no estaba vacía… estaba llena de recuerdos no dichos, de palabras que nunca se perdonaron, de sueños aplazados “para mañana”. Cada habitación guardaba una historia inconclusa. El cuarto principal olía a despedida. La cocina aún parecía esperar el café de la mañana. Y en una esquina, una silla mecedora crujía con el viento, como si alguien invisible siguiera pensando.

Porque hay casas que se parecen mucho al corazón humano.
Por fuera aparentan firmeza, pero por dentro acumulan grietas. Se abandonan poco a poco: cuando dejamos de escucharnos, cuando postergamos lo importante, cuando cerramos puertas por miedo y no por decisión.

Un día, alguien se atrevió a entrar. No buscaba tesoros, buscaba respuestas. Y al cruzar el umbral entendió algo profundo: esa casa olvidada no era solo de ladrillos… era un reflejo de tantas vidas vividas a medias. De tantos “algún día” que nunca llegaron.

Entonces abrió una ventana.
Entró la luz.
El polvo comenzó a flotar como si despertara.
Y la casa, por primera vez en años, respiró.

Tal vez hoy esta historia no habla de una casa.
Tal vez habla de ti.
De ese espacio interior que has dejado cerrado por demasiado tiempo.
De ese sueño guardado en una habitación que ya casi no visitas.
De ese perdón que sigue esperando en el pasillo.

Nunca es tarde para volver.
Nunca es tarde para limpiar, abrir, reconstruir.
Las casas olvidadas pueden volver a ser hogar…
Y los corazones también.

Si esta reflexión tocó algo en ti, te invito a leer más historias como esta en el blog www.eduardocontigo.net

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